El alcalde pirómano de Villavieja, Huila

octubre 20, 2016
Organizó quema de pólvora y “por coincidencia” incendió el hotel de su contradictora política.
Con la ilusión de todo padre, lo bautizaron Yordan, seguramente por Yordano, el cantante italo-venezolano. O quizá –más pretenciosos- por Jordan (Michael) el mejor basquetbolista de la historia. Pero este Yordan Aris Pacheco, conocido como el alcalde lechón, tenía como destino ponerse de ruana su pueblo, Villavieja.

Especialista en marranos (de ahí el remoquete “lechón”), hizo dos campañas, la primera que perdió y la segunda que lo convirtió en alcalde, a punta de lechona. Le quedaba fácil traer camiones llenos de patas de marrano, que desechan de los cerdos que sacrificaban en Bogotá para su lechonería, Mr Yordy.

Se vendió como empresario dedicado a la porcicultura y ofreció enseñarle a sus coterráneos a formar industria. En efecto, montó sus marraneras y consiguió mano de obra barata, además de otras ayudas municipales.

Convertido en rey del pueblo, el valle de las tristezas, se siente el dueño de una marranera. Por eso vive de fiesta, manda en su finca, y la gente –tan cerca de las estrellas- se arrastra en la pobreza ante el cielo más limpio de Colombia.

 

Los escándalos le han acompañado en estos primeros meses de “gestión”. Una secretaria de despacho que nombró en su gabinete duró dos días en el cargo, vetada a gritos por su esposa, que le pidió su destitución. La funcionaria perdió el puesto, el marido y la reputación.

Personas que han compartido tragos con el alcalde han terminado demandándolo porque se envalentona rápido y ha golpeado a sus propios amigos (dos, tres). Su comportamiento de sheriff que busca el orden y la justicia –en las películas y todavía en algunos países- no es el de Yordan Aris, a quien la procuraduría debe investigar y sancionar drásticamente.

El alcalde, en un acto de generosidad, quiso gastarse unos pesos del municipio y organizó fiestas, con reinas, lechona, trago a chorros (él es buen consumidor) y obviamente quema de pólvora, sin tener en cuenta las limitaciones legales impuestas en el país y los peligros que representa.

Tampoco tuvo en cuenta que no quiso renovar un contrato con los bomberos locales y que cualquier emergencia no tendría respuesta. La pólvora la quemaron inexpertos o rufianes que orientaron (¿era la intención? los fuegos artificiales hacia el hotel de Tania Peñafiel, con techos de paja, adversaria política del alcalde.

Como no era posible controlar totalmente la maldad, la pólvora también cayó en el cuartel policial y quemó varias motos, salvándose en los dos casos de producir una tragedia humana.

Obviamente las fiestas continuaron, también la pólvora y el alcalde Pacheco siguió de rumba, sin presentar excusas a los afectados, atropellando, a lo cerdo, según su especialidad.
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